Violencia: El hueso que come el perro

El título de la película Amores Perros sugiere que su tema es la agonía que es el amor, pero hay otro tema no dicho pero sí mostrado explícitamente: el efecto debilitante de la violencia sobre el alma del violento.  De manera adecuada, el foco de este tema es Cofi, el perro de Octavio que se convierte en un matador compulsivo.  Tan importante es este perro que es el único personaje que aparece en la primera y la última escena ambas.  Él muestra la corrupción de violencia por sus propias acciones y además es un catalizador para Octavio y El Chivo, cuyos arcos refuerzan este tema.  Aunque esta bestia no habla, dice mucho en sus escenas.

La historia de Cofi es bastante simple, una que podía ocurrir a cualquier soldado.  Empieza como un ciudadano pacífico.  Le gusta vagar por las calles pero no busca el peligro.  Cuando mata un luchador experimentado en defensa, sus señores descubren su talento y lo reclutan para sus propias ganancias.  Eventualmente, el inocente de antes es tan acostumbrado a matar que puede masacrar a inocentes, amigos, o familia sin arrepentimiento, y lo hace.

Aunque es problemático analizar la actuación de un perro, el director Alejandro Iñárritu podía obligar el perro actuar en cualquiera manera con algunos trucos, y la interpretación de Cofi destaca.  Nunca parece ni enojado ni loco: no vemos ni su lucha con el primer perro de Mauricio ni su matanza de los otros perros de El Chivo ni el punto decisivo de ningunas de sus luchas competitivas.  El perro es igualmente tranquilo como asesino e inocente.  Me gusta esta representación porque sugiere que Cofi siempre hace lo que es natural.  Pues él no mata los perros de El Chivo por la rabia; lo hace a sangre fría, que significa que su corrupción es real y total.

Cofi afecta las vidas de dos de los protagonistas de una manera paralela y profunda.  Primeramente, comparte y cataliza la corrupción de Octavio, un chico idealista quien usa a Cofi para conseguir su sueño de escapar de Ciudad de México con la esposa de su hermano.  El perro es un foco del montaje que representa el auge de este chico.  El montaje incluye tomas de las luchas de perros y de Octavio recibiendo dinero de las luchas y usándolo para apoyar a Susana y su hija y para comprar un coche.  La música es una canción de hip hop en que el cantador se jacta, reflejando la actitud soberbia de Octavio.  El chico se acostumbra a arriesgar la vida de su perro para su lujo, y así se corrompe tanto que usa brutos para “convencer” a su propio hermano de no inmiscuirse en sus cosas.

Después del accidente de coche que arruina los planes de Octavio, Cofi entra la posesión de El Chivo, un asesino sin familia y sin dirección.  En el perro, el viejo encuentra su doble y su compañero.  Comparten su nadir y su renovación espiritual en dos escenas maestras.  En la primera, El Chivo regresa a su casa oscura, sucia, y desordenada después de pasar todo el día intentando en vano matar a un hombre de negocios.  Cofi viene solo para saludar al hombre.  El descubrimiento de sangre en el cuerpo del perro le asusta al hombre, quien va al otro cuarto y descubre que el negro ha matado todos sus otros perros, aparentemente sin razón.  La vista de la cámara sigue los pensamientos del hombre: empieza con el primer plano para aumentar el suspense de la escena.  Entonces, cambia a una vista panorámica de todos los cuerpos en la casa para captar la extensión del daño.  Finalmente, regresa al primer plano otra vez para mostrar la intimidad de El Chivo con uno de sus perros favoritos, todavía muriendo.

El viejo maldice a Cofi, gritando que no es justo lo que ha hecho, y llora.  Esta tragedia cambia su vida.  Después de ver los efectos de la violencia sobre el carácter de Cofi y el sufrimiento que proviene de ella, El Chivo se da cuenta que lo mismo le ha ocurrido a él.  Decide dejar el asesinato y empezar su vida de nuevo.  Cuando captura al hombre de negocios después, no lo mata, y dice que el perro ha salvado su vida.

En la última escena de la película, Cofi y de El Chivo se marchan para empezar su vida nueva.  El Chivo ha vendido el último coche que robó; ahora tiene nada más para colgarlo al pasado.  El vendedor de coches le pide el nombre del perro.  El Chivo hasta ahora no había tenido un nombre para el perro, pero ahora responde que es “Negro,” una referencia a los pasados que atormentan a los dos.  Entonces el viejo y el perro se marchan de la tienda y andan por un campo dominado por azules, marrones, y negros hacia el sol.  Algunas mandolinas suenan en tonos urgentes, aumentando en volumen mientras las figuras de los dos personajes se alejan de la cámara y disminuyen en el horizonte.  Los colores, la música, y el simbolismo inherente de esta vista de la cámara crean un ambiente místico.  No sabemos si el viaje de El Chivo y Cofi, ahora Negro, terminarán bien, pero lo importante es que se han marchado.  Esta ruptura de su pasado cierra su arco temático.

Los personajes de Amores Perros emplean la violencia como si fuera una herramienta.  La usan cuando les sirve y no meditan sobre sus consecuencias internas.  Si es usada regularmente, se arruina el espíritu, como vemos por la historia de Cofi, por sus manipulaciones a la mano de Octavio y por la manera en que inspiró la penitencia de El Chivo.  Contra este poder debilitante, el usuario, a pesar de sus expectaciones, es el usado.  Es como si el hueso comiera el perro.

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