El pesimismo político de Unamuno y Azorín

Miguel de Unamuno y José Martínez Ruiz, o “Azorín,” eran entre los escritores más políticamente activos de su generación.  Antes de la conversión de Martínez Ruiz al conservatismo, fueron partidarios: Unamuno socialista, Martínez Ruiz anarquista, pero los dos en contra de su España contemporánea, sus injusticias, y sus autoridades (Brown 18, 22).  Desgraciadamente, España continuó su declive durante esta época: como escribe el hispanista Gerald Brown, “la intolerable injusticia social que había provocado violentas protestas y brutales represiones en la última década del siglo XIX no decreció en el nuevo siglo…mientras una guerra impopular, inútil y con frecuencia desastrosa se prolongaba interminablemente en Marruecos” (17-18).  Parece que la participación política de Unamuno y Martínez Ruiz los empujara al pesimismo, incluso con respecto a sus propias filosofías.  Ni es esta desesperación simplemente una etapa, porque la vemos en sus novelas por un periodo de 30 años: La Voluntad (1902) por Martínez Ruiz y Niebla (1914) y San Manuel Bueno, mártir (1933) por Unamuno.  En estas obras, no tienen ni el pueblo ni los revolucionarios la capacidad para cambiar la situación desesperada de España.

La “Castilla miserable” no es sólo una creación de Machado; también es retratada por Unamuno y Martínez Ruiz.  El Valverde de Lucerna de San Manuel Bueno es una “aldea perdida como un broche entre el lago y la montaña que se mira a él” (64), pobre y parroquial.  Lázaro, el revolucionario recientemente llegado de América, la llama feudal y añade algo que probablemente fue un lema durante el tiempo de Unamuno: “los curas manejan a las mujeres y las mujeres a los hombres” (77).  No obstante, a sus miembros les encanta la vida rural y antigua; ellos no quieren moverse a la ciudad ni cambiar su manera de vida ni agitarse contra las autoridades.  Las “diatribas” activistas de Lázaro caen en saco roto (78).

Yecle, la ciudad natal de Azorín (un personaje distinto de Martínez Ruiz) en La Voluntad, ha intentado preservar todo en el mismo estado para siglos: monta una catedral durante el siglo XIX en la misma manera de los obreros de la Edad Media y celebra servicios allá que son iguales a los de sus antepasados desde hace 2500 años (57-60).  Trágicamente, porque Yecla ha elegido este destino para tantos años mientras el resto del mundo cambió, ahora su destino está fuera de su control.  El país está hundido en una crisis agrícola por la filoxera y los precios bajísimos de vino[1] (279-280, 288).  Sólo los estúpidos son granjeros, pues los campos sufren.  Los educados son demasiados ociosos para hacer trabajo realmente beneficioso (291-292).  Otro pueblo, Pinoso, lleno con obradores energéticos, está prosperando, superando Yecla, y comprando sus propiedades.

Los políticos de Yecla no van a salvarlos; porque la gente nunca se elige a pensadores originales, los líderes no se pueden concebir nuevas ideas para resolver los errores de los antepasados.  Ocurren elecciones durante la novela, y el pueblo selecciona como diputado, “como siempre [énfasis mío], un hombre frívolo, mecánico, automático, que sonríe, que estrecha manos, que hace promesas, que pronuncia discursos…” (110).  Sus “intelectuales” no van a salvarlos; los inventores, como los educados, son demasiados perezosos para estudiar rigurosamente.  En su busca para la solución rápida, el pueblo glorifica a los inventores que intentan crear cosas increíbles aunque no tengan base práctica; inevitablemente fallen (123-128, 154-157).

“La vida de los pueblos…es una vida vulgar…es el vulgarismo de la vida.  Es una vida más clara, más larga, más dolorosa que la de las grandes ciudades.  El peligro de la vida del pueblo que se siente uno vivir…que es el tormento más terrible” (96).  Predice Martínez Ruiz que cada año que empeoran las vidas de los campesinos, ellos se ponen más brutales, y pierden su fe por la propaganda de la época.  Finalmente vendrán a las ciudades ya infestadas “por el alcoholismo, por la sífilis y por la ociosidad” y las calles ensangrentarán (280).  ¿Quién puede salvar a estos hombres miserables?  Según Unamuno y Martínez Ruiz, ya pesimistas por sus años de activismo fallecido, nadie.  En estos tres libros, los pensadores originales, los líderes y revolucionarios potenciales, son locos, desinteresados, o desesperanzados.

El “loco” del grupo es Fermín, el tío de Eugenia en Niebla.  Es el único personaje que habla de la política en un libro que trata casi exclusivamente cuestiones personales.  No simplemente opina; tiene que relacionar toda en su vida con su política.  Para cada acontecimiento del cortejo entre Augusto y Eugenia, Fermín añade un comentario sobre cómo relaciona con su anarquismo amado.  Por ejemplo, cuando Eugenia se da la mano a Augusto, Fermín ve este hecho personal como hecho político.  Los felicita no por su felicidad futura pero por decidirla sin medianeros.  No piensa que la autoridad es necesaria para consagrar el matrimonio y ya los considera maridos (236).

A pesar de su pasión, admite que su anarquismo es teórico y habla de sus convicciones más que las sigue.  Dice palabras floridas de cómo el sacrificio para el prójimo es el corazón del anarquismo, pero cuando su marida nota su impaciencia con las criadas que lo sirven la sopa, Fermín hace el excuso de que su anarquismo es teórico y todavía no ha llegado a la perfección (142-143).  Jamás parece salirse de casa para manifestaciones u otras reuniones con sus partidarios.

No obstante, es una táctica común de autores para esconder palabras de verdad entre las tonterías de locos – Shakespeare usaba el Payaso así en King Lear, por ejemplo – y Fermín no es una excepción.  Dice a Augusto, “…no echo bombas.  Mi anarquismo es puramente espiritual” (114).  Lo da otra nivel espiritual cuando llama a la gente que considera el anarquismo imposible, como su marida, “hombres de poca fe,” que es un estribillo común de Jesucristo[2].  Es interesante esto porque el Señor lo dice primariamente en dos contextos: para asegurar a los cristianos que no necesitan preocuparse para el futuro porque Dios los cuidará y para explicar cómo él hace cosas increíbles que otras no pueden hacer.  Pues esta cita me parece como una reprimenda tierna a los escépticos conservadores: el anarquismo (o el socialismo de Unamuno) no es simplemente un sueño; sí puede funcionar, pero sólo si lo se crea.  Hasta ahora nadie lo ha dado la oportunidad.

Otra visión que Unamuno nos transmite por Fermín es la del activismo político como una lucha quijotesca.  Insiste en deletrear el nombre de Eugenia fonéticamente (“Eujenia Domingo del Arko”) para que tenga sentido fonético, un hecho realmente insignificante y un poco irritante (126).  Después consolida todas sus preferencias culturales dentro de un movimiento, y no simplemente movimiento sino una guerra revolucionaria: “Anarquismo, esperantismo, vegetarianismo, foneticismo…¡todo es uno!  ¡Guerra a la autoridad!  ¡Guerra a la división de lenguas!  ¡Guerra a la vil materia y a la muerte!  ¡Guerra a la carne!  ¡Guerra a la hache!  ¡Adiós!” (126).  Fermín lucha contra todo en teoría sin ningún objetivo práctico, como un pirata borracho.  Quizás Unamuno se preocupe que su carrera haya sido lo mismo.

San Manuel Bueno, mártir es sorprendente por su rechazo de la ideología socialista que Unamuno había defendido durante toda su carrera.  El protagonista titular, el sacerdote de un pueblo pequeño, niega las reformas sociales.  Los socialistas alegaban que los curas lo harían porque fueran peones de la jerarquía rica y poderosa de la Iglesia o porque creyeran tanto en el paraíso después de muerte que no tuvieran ningún interés en ayudar a su pueblo durante esta vida.  Por contrario, Don Manuel rechaza los sindicatos para trabajadores porque cree que el único problema real de la humanidad, ricos y pobres ambos, es la falta de vida después de muerte (89-90).  Por eso nuestras vidas no tienen ningún sentido último.  Admite que la religión es opio, pero añade que necesitamos el opio para no despertarnos a la verdad terrible.

Los otros problemas de los seres humanos son transitorios; si se resuelven o no, la humanidad tiene la misma cuestión última.  Manuel quiere usar su tiempo en lo que es realmente importante.  Un proletariado con derechos y sin esperanza viviría tan miserablemente como si fueran esclavos.  Pues dice Don Manuel, “yo no conozco más sindicato que la Iglesia.”

Tan fuerte es el argumento de Don Manuel que convierte a Lázaro, quien “recuerda al joven Unamuno, militante socialista, interesado en soluciones concretas para resolver problemas sociales” según Joaquín Rubio Tovar, a su movimiento (77, 83).  ¿Quién sabe cuantos otros socialistas Don Manuel convirtió?  Dice mucho de la complejidad de pensamiento de Unamuno que no simplemente concibió, pero también escribió y publicó un libro que razona en contra de su activismo pasado.  Claramente sus dudas estaban muy fuertes en esta época.  En este contexto, el momento en que Ángela cuestiona su fe es un paralelismo de las dudas de Unamuno sobre su activismo, los dos llegando a la misma cuestión clave sin contestarla: “¿Y yo, yo creo?” (101).

Las dudas que Unamuno revela en las detalles de sus libros están en el primer plano de La Voluntad.  Tres de sus personajes, Yuste, Azorín, y El Anciano, son revolucionarios que faltan la voluntad para cambiar sus sueños en realidad, o a menos para luchar para ellos.  En adición, Martínez Ruiz introduce otros personajes que proyectan duda en los principios de su activismo.

Yuste está frustrado con la inexistencia del resurgimiento de España y expresa críticas fuertes que reflejan el pesimismo de Martínez Ruiz con relación a los revolucionarios: “yo veo como todos hablamos de regeneración…que todos queremos que España sea un pueblo culto y laborioso…pero no pasamos de estos deseos platónicos… ¡Hay que marchar!  Y no se marcha…los viejos son escépticos…los jóvenes no quieren ser románticos…” (86).  Según él, los románticos despreciaban el dinero, pero ahora la gente lo busca “a toda costa.”  Pues todo el mundo, incluso los políticos, prefiere enriquecerse a promulgar cambio real.  Yuste provee otra crítica del activismo social en la historia de Pedro, Juan, y Pablo.  Cada ciudadano tiene alguna parte específica del sistema que quiere proteger.  Luego cuando el tiempo llega para revolución, o nadie participará porque no querrán arriesgar su vaca sagrada o nada cambiará por respeto a cada preferencia (87-92).

Ya hemos oído las ideas de Yuste.  ¿Es este maestro el tipo que puede liderar la revolución?  No, indica Martínez Ruiz.  Es un pensador demasiado contradictorio: en su primer discurso de Capítulo V, dice que la propiedad es mal y hay que usar toda la fuerza necesaria para derribar el sistema actual y levantar otro.  Sólo treinta páginas después, en Capítulo XI, el maestro cambia su mente y defiende el pacifismo.  No sólo cita Tolstoi sino también Sócrates, quien propone en el Critón que nunca es justificado devolver mal por mal (116-118).  ¿No leyó Yuste el Critón hasta que diera su discurso pro-violencia?  ¿Cambió su posición sobre una cuestión fundamental para revolucionarios en meros días?  Parece que los principios de Yuste tengan una posición precaria dentro de su mente.  Es explicado así: él y su estudiante Azorín son “espíritus avanzados, progresivos, radicales, pero hay en ellos cierta inquietud, cierta desasosiego, cierta secreta reacción contra la idea fija[3]” (94-95).

Una razón más condenatoria contra el liderato de Yuste es que él es desesperanzado al fondo.  Cuando Azorín abandona su libro de Montaigne porque no le gusta su escepticismo y en vez de esto decide reunir con Yuste, el autor nota que es como “salir de un hoyo para caer en una fosa” (97).  Dice de sí mismo, “decididamente, yo soy un pobre hombre que vive olvidado de todos en un rincón de provincias; un pobre hombre sin fe, sin voluntad, sin entusiasmo” (119).  Muere desanimado tanto en su espíritu como en su cuerpo: mientras Puche simplemente culpaba la ciencia para la tristeza del hombre (67), Yuste condena el arte y aún la inteligencia como enemigos de la felicidad (180).

Es una muerte menos que inspiradora para un intelectual, y su discípulo Azorín también cae en la desesperanza.  Al comienzo de la historia, es “un espíritu avanzado y curioso” (94).  Defiende la revolución violenta contra el pacifismo de Yuste con la lógica que esperar y no hacer nada es como permitir el homicidio de un amigo por un criminal para no usar la fuerza en su defensa (118-119).

Desgraciadamente, tragedias personales dañan su espíritu: muere Yuste en desesperación, y la novia de Azorín, Justina, cede su voluntad a su mayor Puche y entra un convento.  Ya Azorín es una persona con media vida (184).  Seguidamente Justina se muere y Azorín se marcha a la capital, y esta ciudad roba lo que se queda de su idealismo:

En Madrid su pesimismo instintivo se ha consolidado; su voluntad ha acabado de disgregarse en este espectáculo de vanidades y miserias.  Ha sido periodista revolucionario, y ha visto á los revolucionarios en secreta y provechosa concordia con los explotadores.  Ha tenido lugar la humorada de escribir en periódicos reaccionarios, y ha visto que estos pobres reaccionarios tienen un horror invencible al arte y á la vida (195).

Ya no cree en nada; sólo critica la hipocresía de otros.  Toma posiciones profundamente antirrevolucionarios: que los mundos evolucionan “hacia la Nada,” en vez de hacia lo mejor (200), y abraza la Vuelta eternal de Nietzsche: las mismas cosas (y pues los mismos problemas) repetirán para siempre (221).  Acaba con el mismo espíritu agotado de Yuste; no tiene la voluntad de reformar ni siquiera el deseo para tener hijos y perpetuar la vida, que se considera vacía (229).  Se llama un fracaso (254).  Vuelve a Yecla, se casa con Iluminada, una chica local, y se convierte en campesino.  Martínez Ruiz lo compara a una muñeca de Iluminada durante su boda y esto se hace rutina; Azorín se pierde la vida haciendo nada excepcional (283, 288).

Martínez Ruiz entonces introduce a sí mismo en la novela para juzgar las caídas de Yuste y Azorín.  Este personaje considera Yecla parcialmente responsable para la tragedia; porque al pueblo le falta la voluntad, siempre empezando proyectas sin acabarlos por ejemplo, su medio ambiente ha corrompido las mentes de sus intelectuales (296-297).  Tienen grandes ideas pero les falta la energía para hacer las obras impresionantes, y acaban frustrados.

Por tanto, implica el autor, el salvador de España no puede porvenir de los pueblos arruinados porque la desesperanza allá arruina las mentes jóvenes y originales.  Es un mensaje espantoso porque ya ha dado prueba que el salvador no vendrá de la ciudad: es llena con corrupción moral, y además hay el ejemplo del Anciano[4] (195, 227).  Fue el padre del anarquismo español, muy bien educado, completamente dedicado a su causa, y un oficial poderoso en el gobierno español.  Durante las insurrecciones de 1873, según Martínez Ruiz, él tenía la oportunidad para derrocar el gobierno y establecer una república verdadera y no lo aprovechó.  Estaba plagado con remordimiento desde entonces (226-227).  ¿Si el hombre perfecto, con la oportunidad de su vida, no tuviera la voluntad para hacer la revolución, quien la tendría?

Martínez Ruiz duda que nadie en su generación tenga la voluntad.  Escribe que a la juventud le falta la fortaleza para remontarse sobre la adversidad (217).  Para él, el perdido Azorín es “casi un símbolo; sus perplejidades, sus ansias, sus desconsuelos bien pueden representar toda una generación sin voluntad, sin energía, indecisa, irresoluta, una generación que no tiene ni la audacia de la generación romántica, ni la fe de afirmar de la generación naturalista” (255).

Tan profundo es el pesimismo del autor que duda la calidad no sino de su generación sino de las ideales de la revolución:

Además, se ve en las viejas páginas cómo son ridículas muchas cosas que juzgábamos sublimes, cómo muchos de nuestros fervorosos entusiasmos son cómicas gesticulaciones, cómo han envejecido en diez ó doce años escritores, artistas, hombres de multitudes que creíamos fuertes y eternos (248).

Si las ideas brillantes de hace diez años ya son obsoletas, las ideas de más antes probablemente son aún más ridículas, y quizás no hayan verdades absolutas por todo tiempo.  Pues ¿para qué debamos rebelar?

Otro ataque viene de Enrique Olaiz[5], quien deconstruye los principios de la revolución (216).  Primeramente, derrumba los principios de la Democracia según la Revolución Francesa: es imposible tener Libertad e Igualdad al mismo tiempo porque los hombres son naturalmente iguales, y con ejercicio de la libertad la diferencia entre ellos aparecerá en poco tiempo (236).  La libertad total es asquerosa porque la gente la usaría para hacer cosas malas como prostitución; la igualdad y la fraternidad son simplemente imposibles.  Con democracia viene la tiranía de la mayoría ineducada sobre la minoría, una cosa repugnante que no basta para una raison d’etre (237).

El socialismo ya es dubitativo y desorientado porque la concentración de la propiedad en las manos de los pocos, necesario para la teoría de Marx, no ha ocurrido; por contrario, la propiedad ha difundido a más y más pequeños propietarios (238).  Los obradores nunca se someterán al colectivo; los más energéticos suelen ser los más individualistas (238-239).  Invierte el dogma de anarquismo para destruirlo: según los anarquistas, antes de la propiedad la humanidad fue buena e inocente como los animales.  Olaiz nos recuerda que hay animales feroces y brutales, también, y la historia indica que nos parecemos más como ellos.  Los seres humanos son lobos, no corderos (240).  Por lo demás, la ciencia y la tecnología traerán más libertad a la gente que la política, diminuyendo la necesidad para cualquiera esperada “revolución” (239).  Sin embargo, la ciencia es un salvador dubitable: los místicos como Puche reclaman que ella “contrista” a los seres humanos (67).

Termina La Voluntad con esta frase del personaje de Martínez Ruiz: “¡Y nada se pierde en la fecunda, en la eterna, en la inexorable evolución de las cosas!” (301).  Es un fin extraño, posiblemente irónico, por el tema dominante de la obra.  Ha mostrado el abatimiento del pueblo y la flojedad de las elites y no ha mostrado la solución.  Confía en la evolución mientras defiende la Vuelta eternal y no concibe un objetivo de qué podemos evolucionar.

En 1913, como parte de su respuesta al libro Castilla por Martínez Ruiz, Antonio Machado escribe:

¡Oh, tú, Azorín, escucha: España quiere

Surgir, brotar, toda una España empieza!

¿Y ha de helarse en la España que se muere?

¿Ha de ahogarse en la España que se bosteza?

Para salvar la nueva epifanía

Hay que acudir, ya es hora,

Con el hacha y el fuego al nuevo día.

Oye cantar los gallos de la aurora. (CXLIII)

Veinte años después, Unamuno publicó San Manuel Bueno, mártir; cinco años más tarde abrió la época de franquismo.  No surgiría la “nueva España” garantizada por Machado hasta 1978.  Por tanto el buen poeta equivocaba un poco.

Parece una contradicción que Machado viviera en “Castilla triste y noble,” con su pueblo arruinado, por tantos años y no perdiera su optimismo.  En mi opinión, siempre fue optimista para esta razón, o más precisamente, porque no vivía en el centro de la cultura española, ni en Madrid ni siquiera en Salamanca.  No fue una celebridad aguantada pero ignorada por las elites ignorantes como Unamuno fue.  No vio la corrupción de los políticos y de los revolucionarios en Madrid como Martínez Ruiz la vio.  Mientras Machado luchaba desde lejos, Unamuno y Martínez Ruiz estaban dentro de la batalla, y fallaron y fueron humillados una y otra vez.  Acabaron con el dudo y el pesimismo, y es tan visible en las obras apolíticas como Niebla como en las obras políticas como La Voluntad.  Unamuno murió tres años después de dar luz a Don Manuel; Martínez Ruiz murió muchos años después como un conservador militante alabado por Franco.

En una manera, hay más misericordia en esta vida para el perdedor de una guerra física que para el perdedor de una guerra mental.  Para el soldado, la lucha casi siempre termina dentro de diez años, y la muerte suele venir rápidamente por una bala o una espada.  Para el intelectual, la lucha suele continuar por toda su vida, y la muerte casi nunca viene tan rápidamente; en vez de esto sigue y sigue después de que no quiera pelear más.  Esto es el epitafio de Unamuno, del joven Martínez Ruiz, y de la Generación de 1898: guerreros desesperados pero tan brillantes en derrota como siempre.

Bibliografía

Azorín (J. Martínez Ruiz).  La Voluntad.  Castalia: Madrid, 1989.

Brown, G.G.  Historia de la Literatura Española: El Siglo XX.  Ariel: Barcelona, 1980.

Machado, Antonio.  Poesías completas.  Espasa-Calpe: Madrid, 1978.

Unamuno, Miguel.  Niebla.  Castalia: Madrid, 1995.

Unamuno, Miguel.  San Manuel Bueno, Martir.  Castalia: Madrid, 1987.


[1] Mientras Francia tenía la filoxera desde 1882-1892, España tenía un tratado de libre exportación de vino a Francia.  Dominó el mercado europeo; los precios fueron muy altos y por eso la mayoría de los campos se convirtieron para vino.  Después de la terminación del tratado, España estaba produciendo un excedente de vino y precios cayeron pronunciadamente, dejando los productores en pobreza.

[2] Mateo 6:30, 8:26, 14:31, 16:8, 17:20; Marcos 4:40; Lucas 12:28

[3] Quizás sea otra razón para el nacimiento muerto de la Revolución de 98: sin principios fijos, los revolucionarios no saben para qué rebelar.  Esta generación puede ser lo de los “rebeldes sin causa.”

[4] Representante de Pi y Margall.

[5] Representante de Pío Baroja.

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